Diario EL PAIS.
Montevideo, Uruguay.
Editorial.
Bochornoso Lugo.
LEONARDO GUZMÁN.
Aquí, inseguridad en calles y cárceles.
Río por medio, maniobras con la fecha de las elecciones y con candidaturas para no asumir, léase fallutas.
En el Altiplano, un Presidente hace huelga de hambre y, mascando coca, se dirige al pueblo desde un colchón.
¡Lindo barrio! ¡Y vaya si puede empeorar!
El señor Fernando Lugo -soltero y sacerdote- cumplió el acto personalísimo de reconocer a su hijo, nacido dos años atrás. Cuestión de intimidad. Respetable.
Pero lo hizo tan sólo cuando su conciencia fue urgida por una ruidosa demanda judicial. Menos respetable.
Comunicó el reconocimiento con atuendo sacerdotal, flanqueado por los símbolos de su investidura de Presidente del Paraguay. Más aun: invocando expresamente el cargo. Y eso ya no es respetable.
Sus dos minutos leyendo ante cámaras documentaron una inconciencia institucional de campeonato.
A la Iglesia que lo tuvo de Obispo le hizo saber por televisión que había transgredido la regla de celibato.
Al electorado que lo ungió Presidente le comunicó haberle ocultado un rasgo esencial, a contramano de la aureola con la cual trepó en encuestas y urnas.
Al niño que engendró, lo aludió impersonalmente en un texto helado, sin ese mínimo de emoción y ternura que cabe esperar de cualquier PADRE y de todo sacerdote de cualquier religión.
Y al mundo le evidenció que tiene mal armados los límites, por ignorar que el Estado no es légamo de confusiones con lo privado; y -más grave aún- por olvidar que PADRE SE ES Y DE GOBERNANTE SE ESTA.
El episodio probaría que “la presidencia enloquece” -como sostenía Batlle y Ordóñez al proponer el colegiado- si no viniera de más lejos: absurdos de este volumen no surgen del poder sino de la estructura interior con que se lo aborda.
Hace décadas que, en distintas formas, en nuestros países se idolatra el relativismo y se endiosan las contradicciones, abandonando el rigor de los conceptos.
Instalada esa tesis, es fácil que surjan personajes que encarnan la síntesis de lo contrapuesto. Útiles en los mercados electorales, por lo visto hasta pueden sumar el prestigio obispal al poder presidencial. Pero por el camino de “como le digo una cosa le digo la otra”, la fractura íntima de la cual parten los lleva al abismo junto a la corte de perplejos que los siguen.
Todo eso terminará generando hambre por los principios y los conceptos. No nos engañemos: no va a ser por contradicción dialéctica. Será por hartazgo que han de resurgir con fuerza los deberes permanentes, ajenos a las diferencias socio-culturales.
Entre esos deberes incondicionados está la prohibición de mixturar al Estado con las anécdotas de alcoba de los gobernantes.
En la base, está la necesidad de cimentar toda democracia en el concepto y el sentimiento de persona.
Sobre ellos debe construirse toda conciencia institucional, para que en nuestra América no se siga congelando y trizando hasta hacerse inhumana por reducirse sólo a lo formal.
Y para que se renueve en el fraterno encuentro con el prójimo, de modo de subir en cultura en vez de dar vergüenza.
El País Digital.

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