El Ignorante y su Complejo de Adán – Romer A. Romero Martínez.
Estoy convencido de que el ignorante es ofensivo en su percepción de la vida y el mundo, y sólo encuentra perfección al mirarse al espejo. Si Cristo bajara, seguramente lo crucificaría de nuevo; si apareciera Galileo Galilei, lo volvería a sapear a la “Santa Inquisición”; ello, puesto que el ignorante es inculto y está completamente desinformado del desempeño de la humanidad.. Considera como propia, y producto de su solo desempeño, cualquier información que al azar encuentra del devenir histórico, obviamente desconocida para él y, por consiguiente, nueva en su patológica apreciación. Es decir, siente que con él nació el mundo, pues él es el Adán del planeta Tierra.
El ignorante es atrevido y no le teme al ridículo. Siempre quiere dar la impresión de ser erudito en todos los campos del saber humano. Por supuesto, en este punto empieza a jugar el refrán popular que reza que “en el mundo de los ciegos, el tuerto es rey”, en el sentido de que el ignorante sólo se rodea de seres más ignorantes que él, quienes lo vitorean y halagan públicamente, aunque seguramente se mofan en privado, aceptando gloriosamente el sacrificio de ser observados a su lado, a cambio de unas monedas. En poquísimas ocasiones, el ignorante no sopesa adecuadamente las cualidades intelectuales de sus compinches, lo que lo lleva a regodearse con seres inteligentes. Indefectiblemente, éstos tienen dos destinos: la expulsión o la imbecilidad. Todo lo que toca, el ignorante lo destruye; y el único tiempo que sabe conjugar es el futuro: haré, construiré.
El ignorante ha desempolvado al intempestivo comunismo. Siente que lo inventó, no obstante algunos osan mencionarle que está comprobado que el comunismo conduce fatalmente a la miseria humana y al retraso social, económico y tecnológico. Nunca se enteró, a pesar de que aconteció durante su vida, que todos los países comunistas se convirtieron al capitalismo y ahora son prósperos. De alguna manera, localizó figuras nefastas como Stalin y Mao, odiadas y rechazadas fuertemente por las sociedades que sufrieron sus desmanes tiránicos. Su ignorancia es tan grande que lo hace impermeable a las críticas que desatan sus alabanzas hacia tales personas en las visitas hechas a los países que sufrieron los agravios de estos monstruos sociales.
Quizás recientemente leyó, en algún panfleto amarillento de la “Alianza para el Progreso”, algunas ideas vetustas acerca del cooperativismo y la centralización del poder, pasando por primitivas formas endógenas de producción de bienes y servicios. Tan magno descubrimiento lo impulsa a desconocer los avances científicos, tecnológicos y comunicacionales existentes, que permiten hablar de la globalización planetaria. Para él, no hay tal cosa como la aldea global, donde la información fluye a velocidades nunca imaginables, poniendo a los seres humanos en contacto virtual, y en tiempo real, unos con otros y con los de más allá de las fronteras naturales de los propios países. Jamás el ignorante aceptaría tal reto, pues su mundo se circunscribe a su propia ignorancia, siendo un ábaco el artefacto más refinado que ha podido tener en sus manos.
Triste es vivir con un ignorante; estúpido es consentir que un ignorante nos viva. ¿Por qué se permite a ignorantes destruir naciones? Para los desafortunados que vivencian esto en sus países, les recomiendo que hagan suyo el extraordinario artículo 350 constitucional venezolano.
Romer A. Romero Martínez – Abogado
romerromero@intercable.net.ve
(Artículo original publicado en el diario el Universal el día 5 de julio de 2007)

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