Paraguay: el obispo y el presidente frente a frente.
YA el ex obispo Fernando Lugo es presidente de Paraguay. Magnífico. Llega al poder en medio de grandes ilusiones nacionales. Su toma de posesión discurrió elegantemente. Sólo hubo un contratiempo menor: la secretaria o ministra de la Mujer, Gloria Rubin, protestó con justa indignación por la invitación cursada a Daniel Ortega y el nicaragüense decidió no acudir a Asunción.
El rechazo de la señora Rubin no tenía un origen político sino moral: le parecía inaceptable que un gobernante acusado de violar a su hijastra Zoilamérica Narváez desde que era una niña, participara de la ceremonia inaugural de un Gobierno que ha decidido adecentar la percudida vida pública paraguaya. Era una contradicción intolerable. También pudo haber criticado la presencia de Hugo Chávez, que golpeaba a su última esposa Marisabel Rodríguez con furia bolivariana, pero esas agresiones, sin duda, tenían menos entidad que el delito horroroso que le imputan al líder sandinista.
En España existe un viejo dicho popular que seguramente tuvo un origen religioso: «no es lo mismo predicar que dar trigo». Los curas, en general, son buenos predicando. Es una vieja tradición de la Roma pagana que la Iglesia incorporó a sus hábitos y saberes. El aspecto más importante de la educación de la clase dirigente romana era la oratoria. Para los romanos, incluso, la capacidad expresiva reflejaba la bondad interior del que la poseía. Por eso entre los curas y obispos abundaban los picos de oro, y el sermón se convirtió en un admirado género literario. Hubo épocas en las que se iba a escuchar al cura los domingos como hoy se acude al concierto de un cantante de moda. En nuestros días la costumbre ya no está tan arraigada entre los católicos, pero aún persiste entre los predicadores protestantes, verdaderos artífices de la palabra.
Todo esto viene a cuento de la profesión del señor Lugo. Hasta hace poco tiempo su trabajo consistía en señalar males, denunciar vicios y reclamar justicia. En esa época el obispo Lugo predicaba. Ahora el presidente Lugo tiene que dar trigo. Es decir, tiene que corregir los graves problemas que aquejan a la sociedad paraguaya.
Ya ha explicado que ha optado por los pobres, como corresponde a alguien que se dice partidario de la Teología de la liberación, algo que no parece muy descaminado tratándose de uno de los grupos mayores del censo nacional. Salvo Bolivia, no hay otro país tan improductivo como Paraguay en toda Sudamérica. El problema radica en que es mucho más fácil predicar que dar trigo, y el presidente Lugo corre el peligro de que el obispo Lugo le eche a perder su labor de Gobierno.
La mayoría de los obispos, desde siempre, tienen la tentación de culpar a los ricos de la pobreza de quienes nada o muy poco poseen. Con un ojo ven las formas lujosas y confortables de vida de un sector de la sociedad, mientras con el otro ven a los infelices, ignorantes y mal alimentados, que subsisten a duras penas, y sacan la equivocada conclusión de que la miseria que padecen unos es la consecuencia de la opulencia que otros han alcanzado. Una vez establecida esta inferencia errónea, caen en la tentación de repartir «equitativamente» la riqueza. Al final consiguen lo que no se habían propuesto: destruir la riqueza y empobrecerlos a todos.
Como regla general, la formación y la experiencia de los religiosos no se adaptan a las labores de gobierno. La iglesia católica no seglar es una estructura vertical de varones célibes, basada en la obediencia voluntaria a una jerarquía eclesiástica que ha creado una eficiente manera de renovar sus élites de poder, fundamentalmente adiestrada para, de acuerdo con sus creencias, diseminar y defender las «verdades reveladas» en el Nuevo Testamento, y para preparar a las personas para que se comporten de manera que, como recompensa, puedan acceder a otra y mejor vida más allá de la muerte.
Para lograr esos objetivos, los sacerdotes estudian teología, historia (especialmente Historia de la Iglesia), latín, griego, derecho (especialmente Derecho canónico), moral, liturgia, filosofía y otras disciplinas más cercanas a las letras que a las ciencias, por utilizar la arcaica clasificación pedagógica. ¿Cuáles de esas disciplinas se asocian a las labores de buen gobierno? Probablemente no muchas, pero eso mismo podemos decirlo de los militares o de los dentistas que llegan al poder.
Si el señor Lugo -que seguramente es una persona honrada y llena de intenciones benévolas- se convierte en un presidente bueno o malo no será por las cosas que aprendió en el seminario, sino por su sentido común, la calidad de sus asesores, su capacidad para concertar voluntades opuestas, y la habilidad que tenga para formular proyectos sensatos, acopiar los recursos que se necesiten para llevarlos a cabo, y lograr que se ejecuten en el tiempo y la forma adecuados.
Gobernar bien es eso. Una tarea bastante incómoda que, hagas lo que hagas, inevitablemente genera un buen número de detractores. La única ventaja que tiene su antigua profesión es que está preparado para perdonar a sus enemigos. Eso nunca viene mal.
CARLOS ALBERTO MONTANER, escritor. Jueves, 21-08-08. ABC.es

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