El ocaso de Fernando.

 

 
   Fernando arribó al poder con la consigna de acabar con la fiesta. Había durado demasiado. El hedonismo exacerbado de los comensales y su gula incontenible agotaron la paciencia ciudadana.

   Se decidió un cambio. Y eligieron a Fernando, cuyo principal atributo radicaba precisamente en el contraste.

   A contracara de su antecesor, carecía de la verba encendida, de la labia embaucadora, del histrionismo mediático. Lo suyo era el discurso cansino, despoblado de agravios, monocorde, casi confuso, casi aburrido.

   Pero distinto. Y eso era suficiente. Tanto que hasta el más escéptico se permitió una brisa de esperanza.

   Fue un buen comienzo.

   Lamentablemente, el discurso cansino se tradujo en un gobierno cansino. El entusiasmo por la novedad se evaporaba pronto y el hombre no se dio cuenta.

   No tomaba decisiones. Se desdecía permanentemente. Era errático y ambiguo. Aceptó en su equipo a personas de dudosa reputación. Toleró los excesos que antes había condenado.

   Su discurso se tornó hueco. Siguió haciendo referencia a la cuchipanda pasada intentando aferrarse al contraste, sin percatarse de que para entonces aquel era ya un argumento fallido. La pobreza tiene flaca memoria. Al hambre de hoy poco le importa la hambruna pasada.

   Y la situación se puso peor.

   La globalización que había expuesto su mejor perfil bajo el gobierno pasado giraba ahora revelando un rostro atroz, el de la recesión.

   Las finanzas públicas entraron en números rojos y la prometida inversión social se convirtió en humo.

   Sus enemigos de siempre conspiraban.

   El último ocupante de la casa presidencial, el más astuto de todos, tejía paciente su telaraña. Pretendía volver. Y con ese fin -mate de por medio- analizaba escenarios futuros junto a su principal aliado político, un ex militar golpista devenido en líder partidario, y movía sus piezas en la Justicia.

   Mientras, Fernando seguía sin componer alianzas. No supo interpretar la realidad que estaba viviendo. Le faltó pragmatismo. Dejó que unos pocos asesores le cantaran al oído lo que le gustaba escuchar.

   Y se fue quedando cada vez más solo.

   La crisis tomó las calles. Las mismas organizaciones sociales que empujaron su candidatura marcharon pidiendo su renuncia.

   El caos degeneró en violencia. Hubo muertos. El sueño se convirtió en pesadilla.

   No quedó nadie que le apoyara. No había milagro posible. Era tarde para rezar. Era tarde para arrepentirse.

   Firmó la renuncia y se fue.

   El pueblo celebró en las plazas y sus enemigos con él.

   Menem y Rico levantaron copas y brindaron, mientras Fernando abandonaba el Palacio de Gobierno. Era el 20 de diciembre de 2001. El último día de gobierno de Fernando de la Rúa. Es una historia argentina. De Lugo depende que no termine siendo nuestra.

   No lo desperdicie, Fernando.
 

      Luis Bareiro. 

      Diario Ultima Hora Digital.

Info
Date Posted: 08 Mar 2009 @ 10:18 AM
Last Modified: 08 Mar 2009 @ 10:21 AM
Posted By: Domingo Daher
 

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