Hablar de doctrina social es un desafío difícil.
Cuando el pequeño niño escuchó que su madre le aconsejaba que para el dolor de cabeza tenía que comer una rodaja de pepino, él lo transformó en ley universal. Y hasta se lo aconsejó a sus hijos.
En realidad, se enteró tarde que el pepino fue la causa de su migraña durante la mayor parte de su vida, pues le perforaba el hígado.
La madre será lo que será, pero es la madre y nadie acepta que se la cuestionen, porque se considera el fruto de ese árbol sagrado.
Hablarles de doctrina social a los líderes sociales es como hablarles de su madre. La han bebido en la escuela, en los congresos, en las charlas y seminarios.
Siempre quise saber qué extraño fenómeno había logrado que la doctrina social adoptada por la mayoría de los países como meta universal, fuera hoy considerada por casi todos los políticos, como “el remedio” infalible a los problemas sociales.
Me refiero a esa Declaración Universal de los Derechos del Hombre de la ONU de 1948.
Esta “Declaración”, fue completada luego con el
“Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos”, y el
“Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales” y sus respectivos protocolos opcionales
Y así se conformó la
“Carta Internacional de los Derechos Humanos”.
Estos pactos fueron firmados en 1966 e imparten obligatoriedad jurídica a los derechos proclamados por la Declaración y entraron en vigor en 1976 y tienen ya 150 Estados partes.
Después de 60 años de vigencia esta doctrina poco ha logrado al respecto, por no decir que ha agravado la situación.
Haciendo un análisis pormenorizado, si bien tiene aspectos positivos relacionados con la discriminación y las dictaduras, se puede descubrir que esconde 4 aspectos que la transforman en un veneno más que en un remedio. Especialmente lo que hace a la legislación laboral
Si tuviésemos que describir esos puntos equivocados diríamos que
1. Exige que previamente a que un sistema económico social funcione, es necesario “mejorar” al ser humano, cosa que inmoviliza profundamente, porque habría que esperar décadas, si es que fuera posible “mejorar” a todos las personas que intervienen en la economía.
2. Mientras tanto, impulsa la “solidaridad obligatoria por ley” Los emprendedores y asalariados más esforzados, son obligados a ser solidarios con los emprendedores y asalariados menos esforzados. Produce abatimiento y haraganería.
3. Además instala la falsa convicción de que la economía suma cero, es decir que lo que se dé a uno, se le debe quitar a otro. No es cierto. La economía es el arte de hacer que todos y cada uno de los integrantes de la sociedad produzca más que lo que consuma.
4. Y especialmente aconseja cubrir “todas” las necesidades de los asalariados. Traducido esto significa que se le pague sólo por lo que necesite y no por lo que haga. Es lo peor que ostenta la actual doctrina social.
Pero además la doctrina social es amada arteramente por los dirigentes de todas las ideologías, para sojuzgar a sus adversarios:
La izquierda la ama porque es un freno para la derecha.
La derecha la ama porque es un freno para la izquierda.
Los de la tercera postura, que es la que gobierna actualmente en todos los países del mundo, la aman porque es un freno para la derecha y para la izquierda.
Los creyentes de muchas religiones la aman porque creen que es sabiduría revelada, porque se lo han dicho sus pastores.
Y los no creyentes la aman porque creen que completa la teoría evolucionista.
Entonces, los pocos que nos atrevemos a acusar a esta especie de dogma artificial, recibimos rechazo desde varios flancos.
Se imaginan cuando decimos que por el contrario, la solución a los problemas del mundo pasa por recuperar los naturales incentivos humanos a la acción, que serían como una especie de “negocio individual” de sembrar y cosechar, de que cada uno cobre por lo que haga y no sólo por lo que necesita para estar disponible al día siguiente para ir a trabajar.
Muchos aún creen que el bien individual es contrario al bien común!
No señores! El bien común no es otra cosa que la suma de los bienes individuales.
¿Habrá que esperar hasta que el pepino que les recomendó su madre les provoque asco, gracias a un inexorable mecanismo de autodefensa del cuerpo social?
¿Habrá que esperar hasta que se advierta que no es necesario “mejorar” al ser humano antes de que un buen sistema económico-social funcione?
¿Habrá que esperar hasta que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (principal exponente de la doctrina social), extinga a nuestra especie por pretender la “solidaridad obligatoria por ley”?
La solidaridad obligada por ley no funciona. Es un principio copiado de las dictaduras, pues hace que corporaciones fuertes hagan sustentable esa injusticia de castigar a los esforzados a favor de los indolentes.
Esta doctrina está tan profundamente asimilada, no sólo en Latinoamérica, sino en todo el mundo, que podría ser la principal causa de esta crisis global.
Y aunque todavía nadie lo acepta, la degradación social y sus plagas consecuentes, parece un proceso irreversible. Al menos mientras no se modifiquen las relaciones laborales de manera de poder recuperar los naturales incentivos a la acción de los asalariados.
Es momento de la Cuarta Postura
Hay que tratar de buscar caminos más naturales.
Si una persona sola en el medio del campo puede generar excedentes como para alimentar a su familia y progresar, cuánto más podrían hacer muchas personas si el sistema respetara esos naturales incentivos a la acción.
Los asalariados nunca lograron cobrar por lo que hicieron sino sólo por lo que necesitaron, y eso ha extirpado su incentivo humano.
Los ha transformado en cuasi animales, en cuasi esclavos, en personas en letargo que ni sospechan que su trabajo sea la columna vertebral de la marcha económica de la sociedad.
Los aumentos salariales por productividad podrían ser pagados por el Estado, con el dinero que tributó cada empresa como impuesto al beneficio empresario.
Será la manera más justa de remunerar al asalariado, será la verdadera justicia social.
Así cada uno podrá administrar los excedentes que genere y se sentirá parte de la sociedad, lo cual lo librará de depresión y adicciones.
Cuando al asalariado se le pague por lo que haga y no sólo por lo que necesite, las injusticias que padece nuestra sociedad que todos conocemos y que solemos esconder bajo la alfombra, van a desaparecer súbitamente.
Toda la economía florecerá y entonces los servidores públicos también lograrán homólogo nivel de remuneración.
El ser humano está diseñado para actuar por incentivos.
Todas las doctrinas sociales hasta el presente soslayaron esa ley universal, lo cual fue letal para la sociedad.

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