Un reflejo de lo que está pasando en nuestro paìs, y agravado por los acontecimientos de los últimos días, se puede decir que se ve enteramente descripto en el concepto de Guerra Civil Molecular, definición adoptada por primera vez en 1993, por Hans Magnus Enzensberger, luego rescatada por el periodista argentino Carlos Manuel Acuña, para describir a una sucesión de conflictos progresivos que trazan un nuevo escenario a partir del fin de la Guerra Fría.
Por aquel entonces, el hombre estaba contenido por el deseo de no autodestruirse en un holocausto atómico, pero que, a partir de la superación política de ese conflicto, comenzaron a producirse cada vez con mayor velocidad otros menores y hasta subconflictos, iniciados siempre por una minoría formada por elementos cada vez más jóvenes.
El citado pensador alemán, además nos dice que: “Los guerrilleros y terroristas de los años 60 y 70 todavía creían necesario justificar sus acciones, por medio de octavillas y proclamas, a los criminales de nuestros días todo ello les parece superfluo, se caracterizan por su total falta de convicción”.
Esta falta de convicción no necesariamente significa eliminar los argumentos para respaldar sus actos, pero en los hechos implica que estos noveles actores carecen de un programa viable para el ejercicio de una administración coherente y posible.
Tienen por objetivo el debilitamiento de todo lo representativo del poder. De esa manera, se denuesta a las instituciones para quitarles ese rol referencial que naturalmente ejercen. Además de los cambios jurídicos, está la inseguridad en que vive la ciudadanía que, dependientes de un estado de angustia por ese motivo, aflojan su comportamiento político y dejan un espacio libre para que otros lo ocupen.
La guerra civil molecular es precisamente una decenas de factores que, en apariencia, son independientes entre sí, pero que concurren hacia un mismo fin.
Otro componente de la guerra civil molecular es el descontrol de determinados sectores sociales, pero el problema se convierte en algo más profundo cuando, por incapacidad o complicidad, las advertencias no son tomadas en cuenta por quienes debieran hacerlo y, lo que es peor aún, rechazan cualquier posibilidad de adoptar los correctivos del caso.
En nuestro país hasta ahora, nuestras guerras civiles no se han adueñado de las masas, siguen siendo moleculares. Sin embargo, como parte de una estrategia a mediano plazo y con la excusa de alfabetizar ahora tendremos en el país alfabetizadores venezolanos, bolivianos o cubanos.
Esta operación doctrinaria y política se lleva adelante bajo el lema “Un mundo mejor es posible”, el mismo que utiliza el llamado Foro de Porto Alegre, donde reinan las FARC y los ideólogos de la nueva izquierda. Una vez más, debemos señalar que nadie reacciona frente a la gravedad de la cuestión.
Algunos autores prefieren llamarla conflictos de cuarta generación o, más elocuentemente, guerra asimétrica, por la disparidad de fuerza entre los contendientes. El ejemplo más claro que ofrecen en ese sentido es el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, donde un minúsculo grupo de personas vulneró, el 11 de septiembre de 2001, la poderosa seguridad defensiva de los Estados Unidos, en una acción que le dio un nuevo rumbo a la historia de los últimos tiempos.
Así, pequeñas minorías pueden decidir sobre las mayorías y lo hacen en nombre de la democracia. Las propuestas indigenistas así lo demuestran y también lo hace el poder de la droga, el terrorismo fundamentalista y la acción de tantos otros reducidos actores que provocan grandes resultados que nadie desea.
Es el típico ejemplo de la frase de Edmund Burke “para que el mal triunfe no hace falta mas que los hombres buenos no hagan nada”.
Domingo Daher.

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